Cuando el intermediario desaparece, ¿qué queda del ser humano?
Hubo un tiempo en que ser contador significaba algo. No solo dominar números — significaba ser el intermediario entre el empresario y el Estado, entre el caos financiero y el orden. Ser agente de viajes significaba tener acceso a un mundo que otros no podían navegar solos. Ser periodista significaba ser el canal entre la realidad y el ciudadano. Ser ejecutivo bancario significaba ser quien decidía si un sueño tenía financiamiento o no.
Todos esos roles tenían algo en común: eran intermediarios. Y la tecnología los está eliminando uno a uno.
Pero el problema no es solo económico. El problema es que junto a esos intermediarios estamos eliminando algo mucho más difícil de reponer: el sentido que el trabajo le daba a la vida humana.
El trabajo no es solo un medio de subsistencia
Hannah Arendt lo planteó con una claridad que incomoda incluso hoy: en La condición humana (1958), distinguió entre labor — la actividad cíclica de sobrevivir — y trabajo — la actividad creadora que produce un mundo de objetos y relaciones duraderas, que sobrevive al individuo y le otorga permanencia en la historia. Para Arendt, el trabajo no es solo lo que hacemos para vivir. Es lo que nos permite dejar huella. Es la forma en que el ser humano construye el mundo que habitará después de que ya no esté.
Esa distinción no es un detalle filosófico menor. Es la clave para entender por qué la pérdida de trabajo — no solo de empleos, sino de trabajo en sentido profundo — produce algo más que desempleo. Produce una crisis de identidad.
El trabajo ha sido, durante toda la historia de la civilización, el eje ordenador más potente de la vida humana. Define quiénes somos, qué lugar ocupamos en la comunidad, cómo nos relacionamos con los demás y con el tiempo. «¿A qué te dedicas?» es la primera pregunta que hacemos cuando conocemos a alguien — no por curiosidad banal, sino porque la respuesta nos sitúa en el mapa de lo que importa.
Cuando ese eje se rompe o se vacía de contenido, lo que se fractura no es solo el ingreso. Es el relato que cada persona tiene sobre sí misma.
Las tres fuerzas que están desarmando la cadena de valor del trabajo
Lupushor y Fradera, en su análisis sobre el futuro del trabajo, identifican tres fuerzas que están transformando simultáneamente la naturaleza del trabajo: la dataficación, la digitalización y la desintermediación.
La dataficación convierte el trabajo en datos medibles — cada tarea, cada interacción, cada minuto de productividad se vuelve cuantificable. La digitalización migra el trabajo al mundo digital, disolviendo las fronteras físicas del espacio y el tiempo laboral. Y la desintermediación — la más radical de las tres — descompone la cadena de valor y elimina a quienes actuaban como puentes entre las partes.
Este tercer movimiento es el más silencioso y el más devastador. No reemplaza al trabajador con un robot visible. Lo hace desaparecer gradualmente, al hacer innecesario el rol que ese trabajador cumplía.
El software de contabilidad no contrató a nadie en lugar del contador. Simplemente hizo que el empresario ya no necesitara al contador para ciertas tareas. Las plataformas de viaje no contrataron agentes — hicieron al viajero su propio agente. Los algoritmos de crédito no reemplazaron al ejecutivo bancario con otro humano — lo reemplazaron con un proceso. En cada caso, el intermediario desapareció sin que nadie tomara oficialmente su lugar.
La desintermediación y la pérdida del valor simbólico del trabajo
Aquí está la dimensión que casi nadie está discutiendo: cuando un rol desaparece por desintermediación, no solo desaparece el ingreso asociado a ese rol. Desaparece también el reconocimiento social que ese rol otorgaba.
El contador no solo ganaba dinero. Tenía un lugar en la comunidad — era el que sabía, el que resolvía, el que habilitaba. El periodista no solo recibía un sueldo. Era el guardián de la información, el que daba voz a lo que de otro modo quedaría en silencio. El agente de viajes era el que hacía posible lo que otros no podían solos.
Cuando esos roles se vacían de contenido, no es solo el trabajador quien pierde. Es la comunidad que pierde una figura que organizaba parte de su vida colectiva.
Byung-Chul Han, en su análisis de la sociedad del rendimiento, advierte algo complementario: en un mundo donde todo se mide por productividad y eficiencia, el ser humano deja de ser un sujeto — alguien que actúa en el mundo — y se convierte en un recurso que se optimiza o se descarta. La dataficación del trabajo no solo lo hace más eficiente. Lo convierte en algo que puede ser comparado, evaluado y eventualmente reemplazado por cualquier proceso que produzca el mismo output a menor costo.
Lo que la IA agrega a este proceso
La inteligencia artificial no inventó la desintermediación. Pero la está acelerando exponencialmente y extendiéndola hacia territorios que antes parecían protegidos.
Lo que cambia con la IA no es solo la velocidad del proceso — es que ahora alcanza roles que requerían juicio, criterio, experiencia acumulada. El contador que sobrevivió a los software de contabilidad porque sabía interpretar los números y asesorar al empresario, hoy enfrenta modelos de lenguaje que pueden hacer eso con una sofisticación creciente. El periodista que sobrevivió a los portales de noticias porque tenía criterio editorial, hoy compite con algoritmos que producen contenido a escala industrial.
La pregunta que surge no es cuántos empleos desaparecerán. Es más profunda: ¿qué le ocurre a una sociedad cuando las actividades que le daban sentido a la vida de sus miembros se vuelven prescindibles?
El trabajo como constructor de civilización
La antropología del trabajo es clara en algo que la economía tiende a ignorar: el trabajo no es un fenómeno puramente económico. Es un fenómeno cultural de primer orden.
Desde las primeras civilizaciones, el trabajo organizado — la división de roles, la especialización, el intercambio de bienes y servicios — fue lo que permitió construir comunidades complejas, transmitir conocimiento entre generaciones y crear los lazos de interdependencia que hacen posible la vida social. El cazador necesitaba al agricultor. El guerrero necesitaba al herrero. El comerciante necesitaba al transportista. Cada rol era un nodo en una red de dependencias mutuas que le daba cohesión al grupo.
La desintermediación tecnológica no solo elimina nodos de esa red. Disuelve la interdependencia misma. Y cuando la interdependencia se disuelve, el sentido de pertenencia y de propósito colectivo — que durante milenios se construyó en torno al trabajo — se fragmenta con ella.
La pregunta que no podemos seguir evitando
Si el trabajo ha sido durante toda la historia de la humanidad el principal vehículo de identidad, pertenencia y propósito, ¿qué ocupa ese lugar cuando el trabajo se vacía, se automatiza o desaparece?
No tenemos una respuesta clara. Y esa ausencia de respuesta debería ser más alarmante que cualquier estadística de desempleo.
Lo que sí sabemos es que las organizaciones, los Estados y las instituciones educativas no pueden seguir respondiendo a esta transformación con más capacitación técnica y más indicadores de productividad. El problema no es de habilidades. Es de sentido. Y el sentido no se programa, no se datafica y no se puede optimizar.
Se construye — lentamente, colectivamente, con la participación de seres humanos que se reconocen mutuamente como irreemplazables.
Esa es la apuesta que todavía tenemos pendiente.
Fuentes:
- Hannah Arendt — La condición humana (1958). Paidós, Barcelona, 1993
- Byung-Chul Han — La sociedad del cansancio (2010). Herder Editorial
- Lupushor, S. & Fradera, A. — The Future of Work: Datafication, Digitisation and Disintermediation (2016). reframe.work
- Open Encyclopedia of Anthropology — Work/Labour (2024): https://www.anthroencyclopedia.com/entry/worklabour
- Frontiers in Psychology — Reimagining roles and identity in the era of human-AI collaboration (2025): https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC12690646/
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