Nadie nos invitó: la IA y el trabajo que ya no será tuyo

No hubo una reunión, no hubo una votación, no hubo un referéndum. Un día las grandes tecnológicas simplemente decidieron el futuro del trabajo y nosotros llegamos tarde a la sala.

Hay una narrativa que se repite con comodidad en los foros de innovación, en los discursos de liderazgo corporativo y en los documentos de política pública: la inteligencia artificial es una oportunidad que debemos «aprovechar». Se habla de adaptación, de capacitación, de upskilling. Se habla como si todo esto fuera una invitación a la que aún podemos responder con calma, evaluar pros y contras, y decidir si asistimos o no.

Pero eso no es lo que ocurrió.

El futuro que no se negoció

La inteligencia artificial no es un capítulo nuevo en la historia de la tecnología. Es su etapa de madurez máxima, el punto al que todo el sistema llevaba décadas dirigiéndose. No es una invitación: es la llegada de un tren que salió de la estación mucho antes de que nadie nos preguntara si queríamos subir.

Google, Microsoft, OpenAI, Meta, Amazon: ninguna de estas empresas diseñó sus modelos consultando a los trabajadores del mundo sobre qué tipo de futuro laboral querían. Lo decidieron en función de sus propias lógicas de expansión, de sus métricas de rentabilidad, de sus hojas de ruta para dominar mercados. Y el resto —los estados, las empresas medianas, los trabajadores— simplemente debemos asumir que este es el futuro que ya fue escrito.

Esta es la primera incomodidad que quiero instalar: no estamos eligiendo si adoptar la IA o no. Estamos eligiendo, en el mejor de los casos, cómo aterrizar en un mundo que ya fue reconfigurado sin nosotros.

La brecha que siempre estuvo ahí

Hablemos de datos duros, porque el problema no comienza con la IA. Comienza mucho antes, con una brecha tecnológica que existía desde hace años y que nadie quiso ver con honestidad.

La gran mayoría de los trabajadores usa tecnología para trabajar. Eso es cierto. Pero usar tecnología no equivale a entenderla ni a aprovecharla. Todo el mundo conoce Excel. Poquísimos lo usan más allá de sumas y restas. Tablas dinámicas, funciones complejas, automatizaciones básicas: herramientas que existen desde hace décadas y que siguen siendo territorio de unos pocos.

El Informe sobre el Futuro del Trabajo 2025 del Foro Económico Mundial es brutal en este punto: se estima que entre 2025 y 2030, la automatización y la IA desplazarán aproximadamente 9 millones de empleos a nivel global, mientras que la robótica y los sistemas autónomos representarán una caída neta de 5 millones de puestos. Y eso sin contar que las tendencias en IA y procesamiento de información crearán 11 millones de empleos… pero simultáneamente destruirán otros 9 millones. La creación no cancela la destrucción: la mayoría de los que pierden no son los mismos que ganan.

En Chile, el panorama es igualmente revelador. Según datos de la Dirección del Trabajo (2024), la mitad de los trabajadores del país gana menos de $882.811 líquidos mensuales. No se trata de personas con margen para invertir en capacitación permanente, para pagar cursos de IA o para dedicar horas de su tiempo libre a aprender nuevas tecnologías. Están sobreviviendo.

La mente que vive en otro lugar

Y aquí llego al argumento que más me incomoda, porque toca algo que raramente aparece en los análisis técnicos.

Cuando se habla de la brecha entre el trabajador y la IA, casi siempre se habla de conocimiento: el trabajador no sabe usar la herramienta, hay que capacitarlo. Pero hay una dimensión que esa narrativa ignora completamente, y es la dimensión humana del contexto de vida.

Imaginemos a dos analistas frente a la misma planilla de datos. Uno es una IA. El otro es una persona que esa mañana peleó con su pareja, que tiene un hijo con fiebre en casa, que lleva tres meses con el sueldo estancado y que está preocupada por si llega a fin de mes. ¿Cuál de los dos va a procesar esos datos con mayor foco, mayor velocidad, mayor profundidad analítica?

La respuesta es obvia. Y es profundamente injusta. Porque el contexto de vida no es una debilidad del trabajador: es su humanidad. Es lo que lo hace persona. Pero en la lógica del rendimiento, ese contexto es un problema que interfiere con la productividad.

La IA no tiene pareja, no tiene hijos enfermos, no tiene deudas. Tiene un foco absoluto, estratosférico, sobre la tarea asignada. Esa diferencia no se resuelve con capacitación. Es estructural. Y las empresas lo saben.

El cálculo que ya hicieron

Cuando los grandes consorcios y corporaciones comparan el rendimiento de un trabajador con contexto de vida versus el de un sistema de IA sin ese contexto, el resultado es abismante. Y ese resultado tiene consecuencias directas sobre las decisiones de gestión.

El Estado de la IA en las Organizaciones, según McKinsey (2023), muestra un crecimiento explosivo del uso de IA en empresas, que ha dejado de ser solo una preocupación técnica para convertirse en una prioridad de los ejecutivos y líderes. En otras palabras: ya no es el área de sistemas quien decide esto. Es el directorio.

Y el directorio hace su matemática: si puedo mantener mis indicadores con menos personas, si puedo reemplazar tareas de análisis, redacción, atención al cliente y procesamiento de datos con sistemas que nunca se enferman, nunca se distraen y nunca piden aumento de sueldo… ¿por qué no hacerlo?

La respuesta no es filosófica. Es financiera. Y se llama optimización a costa del trabajador.

Lo más grave es lo que viene después: ese trabajador que fue «optimizado» se convierte en un problema para el Estado. En una estadística de desempleo. En una carga para el sistema de salud mental. En un usuario de las redes de protección social que los mismos gobiernos están desmantelando. La empresa externaliza su costo al país. Y el país, normalmente, no tiene cómo absorberlo.

Latinoamérica en la tormenta perfecta

En América Latina, este escenario tiene características propias que lo hacen especialmente crítico.

Detrás de la aparente autonomía de la IA existe lo que investigadores como Mary L. Gray y Siddharth Suri denominan Ghost Work: un ejército de trabajadores invisibles que sostienen la cadena de valor de los sistemas digitales con tareas repetitivas, desde el etiquetado de datos hasta la moderación de contenidos. En América Latina, organizaciones periodísticas y de sociedad civil describen esquemas de pago por tarea de entre 0,50 y 1 dólar en plataformas de microtrabajo, con total inestabilidad y ausencia de protección social (Distintas Latitudes / Global Voices, 2024).

Dicho de otra manera: en nuestra región, muchos trabajadores están siendo usados para construir la IA que los reemplazará. Y lo hacen por un dólar la hora.

La CEPAL ha advertido consistentemente que Latinoamérica tiene una exposición particularmente alta a la automatización en sectores como manufactura, comercio, servicios financieros y transporte. Y que la informalidad laboral —que en la región supera el 50% en muchos países— hace que millones de trabajadores estén completamente desprotegidos ante esta transición.

La pregunta que nadie quiere responder

El debate público sobre la IA y el trabajo está capturado por dos posiciones que, en el fondo, evitan la pregunta central.

La primera dice: «La tecnología siempre ha destruido empleos y siempre ha creado otros nuevos.» Es verdad histórica. Pero omite que esa transición nunca fue gratuita: las generaciones que vivieron la industrialización pagaron ese tránsito con trabajo infantil, hacinamiento y miseria. La pregunta no es si a largo plazo habrá nuevos empleos. La pregunta es qué hacemos con las personas que pierden el trabajo ahora.

La segunda posición dice: «Capacitemos a los trabajadores.» También verdad, también insuficiente. ¿Quién paga esa capacitación? ¿Con qué tiempo la hace alguien que trabaja nueve horas, cuida una familia y gana el sueldo mínimo? ¿Y qué garantía hay de que las habilidades que se aprendan hoy no sean obsoletas en tres años?

La pregunta que nadie quiere responder es más profunda: ¿Qué hace un ser humano cuando el trabajo —que no es solo ingreso sino identidad, estructura, pertenencia social— deja de estar disponible para él?

El tiempo libre que no pedimos

Aquí está el nudo real. El trabajo, para la mayoría de las personas en el mundo, no es solo la fuente de ingresos. Es la forma en que organizan su tiempo, le dan sentido a sus días, se relacionan socialmente, se perciben como útiles y productivos. El trabajo es, en muchas culturas, parte central de la identidad.

¿Qué pasa cuando ese eje desaparece?

Las potencias mundiales están discutiendo la Renta Básica Universal como parte de la respuesta. Finlandia lo piloteó entre 2017 y 2018: 2.000 personas desempleadas recibieron 560 euros mensuales sin condiciones. Los resultados preliminares mostraron mejora en el bienestar subjetivo, menos estrés, más confianza en el futuro. Pero no mostraron aumento en el empleo. La gente se sintió mejor. No encontró trabajo de todas formas.

El estado de Hawái adoptó una resolución legislativa en 2017 reconociendo explícitamente que el Ingreso Básico Universal podría ser necesario para hacer frente al impacto económico de la automatización. La resolución señalaba que, para sobrevivir en una economía post-automatización, los gobiernos deben considerar opciones radicalmente nuevas.

Personajes como Mark Zuckerberg, Elon Musk y el propio Barack Obama han mencionado la renta básica como parte del horizonte. Lo cual es, cuando menos, paradójico: los mismos que construyeron y financian la automatización proponen que el Estado pague a las personas para que soporten sus consecuencias.

Pero incluso si la Renta Básica Universal llegara a implementarse a escala —y hoy ningún país lo ha logrado a nivel nacional—, resolvería solo el problema económico inmediato. No resuelve la pregunta de sentido. ¿Qué hace una persona con su tiempo cuando el dinero llega pero el trabajo no existe?

No estamos preparados para responder eso. Ni individual ni colectivamente.

La incomodidad necesaria

Esta columna no tiene una conclusión tranquilizadora. No hay solución empaquetada al final. Lo que hay es una invitación a dejar de mirar este proceso como si fuera neutral, como si la IA fuera simplemente una herramienta más en la evolución del trabajo.

No lo es. Es la reconfiguración más profunda del mundo laboral en la historia moderna, conducida por decisiones privadas que no fueron sometidas a ningún debate democrático real.

El trabajador que hoy usa mal el Excel no es un ignorante: es alguien que llegó al límite de lo que puede aprender con los recursos y el tiempo que tiene. La IA no lo evalúa. Lo reemplaza.

Y la pregunta que nos toca como sociedad no es si vamos a adaptarnos. Es a qué costo, quién paga ese costo, y si estamos dispuestos a exigirle a quienes diseñaron este futuro que también paguen su parte.

Porque hasta ahora, la única cuenta que se ha pagado es la del trabajador.


Fuentes: World Economic Forum, Future of Jobs Report 2025; Dirección del Trabajo, Panorama Laboral Chile 2024; McKinsey, State of AI 2023; Gray & Suri, Ghost Work (2019); Distintas Latitudes / Global Voices, 2024; Biblioteca del Congreso Nacional de Chile, Renta Básica Universal: Antecedentes doctrinarios y experiencia extranjera (2019); CELAM, Inteligencia Artificial y Desarrollo Humano Integral (2026).

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