La verdad tiene un precio. La mentira, no.
Yuval Noah Harari lo dice con una claridad que incomoda: la verdad es cara. Requiere tiempo, esfuerzo, disciplina y, muchas veces, el valor de sostener algo incómodo frente a quienes prefieren no escucharlo. La ficción, en cambio, es barata. Se escribe sola, se comparte sola, y casi siempre llega más lejos.
En una entrevista reciente, Harari lo ilustra con un ejemplo que parece académico pero golpea de lleno en el presente: escribir una historia veraz sobre el Imperio Romano exige aprender latín, griego antiguo, hacer excavaciones arqueológicas, contrastar fuentes, aceptar la complejidad. Escribir una historia falsa sobre el mismo tema solo exige teclear. Y en internet, ambas conviven en el mismo espacio, con el mismo formato, con la misma apariencia de legitimidad.
La verdad, además, suele ser complicada. Porque la realidad es complicada. Y la ficción tiene la ventaja de poder ser tan simple como se quiera. Tan simple, tan atractiva, tan libre de matices incómodos que resulta casi irresistible.
A eso se suma un tercer factor que Harari nombra con crudeza: la verdad puede doler. Como individuos, pasamos años en terapia para conocer cosas sobre nosotros mismos que no queríamos saber. Como naciones, cargamos episodios oscuros que preferimos no revisar. El político que prometiera «la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad» probablemente no ganaría muchos votos.
Entonces, en esa competencia desigual —la verdad costosa, compleja y a veces dolorosa versus la ficción barata, simple y seductora— la ficción tiende a ganar. Y los grandes sistemas que han organizado la historia humana, advierte Harari, se han construido muchas veces sobre ficciones, no sobre verdades.
El algoritmo como arquitecto del consenso falso
Esta tensión que Harari describe no es nueva. Pero hoy tiene una infraestructura que nunca antes había existido: las redes sociales.
Los algoritmos que ordenan nuestra experiencia digital no fueron diseñados para acercarnos a la verdad. Fueron diseñados para mantenernos dentro de la pantalla el mayor tiempo posible. Y lo que mejor cumple ese objetivo no es lo veraz, sino lo que activa una respuesta emocional inmediata: la indignación, el miedo, la confirmación de lo que ya creíamos, la sensación de pertenecer a un grupo que tiene razón y de señalar a otro que está equivocado.
El resultado es una comunicación profundamente erosionada. No porque las personas sean menos inteligentes o menos capaces, sino porque el entorno en que nos comunicamos ha sido diseñado para lo contrario de la reflexión. Está diseñado para el reflejo. Para la reacción rápida, el like instantáneo, el scroll sin pausa.
En ese contexto, las conversaciones se vuelven superficiales no por falta de voluntad, sino por falta de espacio. No hay tiempo para el matiz. No hay tolerancia para la contradicción. No hay paciencia para la complejidad. Y así, lentamente, la conversación cotidiana pierde su capacidad de ser el lugar donde construimos acuerdos.
Las personas se ensimisмаn en burbujas algorítmicas que refuerzan sus propias certezas, y se vuelve cada vez más difícil conectar con reflexiones sobre el bienestar colectivo, sobre lo que nos afecta a todos, sobre los problemas que no tienen solución simple ni culpable único. La igualdad social, el acceso a la educación, los derechos, el desarrollo económico sostenible: estos temas requieren exactamente el tipo de conversación que el ecosistema digital desincentiva.
La comunicación como acto político
Frente a eso, no hay una solución tecnológica. La respuesta no viene de un algoritmo mejor ni de una red social más ética, aunque eso también importa. La respuesta más profunda viene de recuperar algo mucho más antiguo y mucho más humano: la comunicación de base.
Comunicarse de verdad —escuchar antes de responder, sostener una idea más de diez segundos, aceptar que el otro tiene una parte de razón aunque no la tengamos del todo nosotros— es hoy un acto casi contracultural. Y precisamente por eso es un acto político.
Porque cuando la lógica del algoritmo empuja hacia la fragmentación y el antagonismo, encontrar puntos de acuerdo es resistencia. Cuando el entorno digital premia la certeza performativa, ejercer la duda honesta es un gesto de valentía intelectual. Cuando todo invita a la superficialidad, ir a la profundidad es una decisión.
La comunicación estratégica, en este sentido, no significa comunicar mejor para ganar más seguidores o posicionar mejor una marca. Significa recuperar la comunicación como herramienta de construcción colectiva. Significa volver a potenciar el razonamiento compartido, el sentido común como punto de encuentro, la conversación como espacio donde se forjan acuerdos posibles.
No acuerdos perfectos. No consensos que borren las diferencias. Sino acuerdos que permitan avanzar: en igualdad de derechos, en acceso a educación de calidad, en bienestar material para más personas, en sociedades un poco más justas que las que heredamos.
El costo de no hablar bien
Harari concluye que la ficción tiende a ganar porque es más barata. Pero hay un costo que no aparece en esa ecuación inicial: el costo de vivir en sociedades construidas sobre ficciones.
Ese costo lo pagamos en polarización sin salida. En instituciones que no logran legitimidad. En ciudadanos que ya no confían en nada ni en nadie. En generaciones que no tienen lenguaje para articular lo que les preocupa más allá del meme o la queja viral.
La verdad es cara. Pero el precio de la mentira colectiva es infinitamente más alto.
Por eso vale la pena hacer el esfuerzo. Por eso vale la pena hablar con más cuidado, escuchar con más profundidad, y sostener conversaciones que incomoden un poco, que tarden un poco más, que no siempre terminen con un ganador.
Porque en esas conversaciones —lentas, complejas, a veces difíciles— es donde todavía puede construirse algo verdadero.