¿Qué vas a hacer cuando lo que hiciste toda la vida ya no sea necesario?

La semana pasada fue intensa para quienes seguimos la conversación sobre inteligencia artificial. Dario Amodei, CEO de Anthropic, publicó un ensayo pidiendo desacelerar el desarrollo de la IA. Demis Hassabis, CEO de Google DeepMind, se sumó públicamente. Un investigador de 27 años renunció a Anthropic advirtiendo que la industria está corriendo hacia sistemas que podría no controlar.

El fin de semana vi en Netflix The AI Doc: Or How I Became an Apocaloptimist, el documental de Daniel Roher y Charlie Tyrell que se estrenó en Sundance en enero. Roher está por ser padre y sale a preguntarle a los principales expertos y ejecutivos del sector qué mundo va a heredar su hijo. Entre los entrevistados aparecen Sam Altman, Dario Amodei y Demis Hassabis. Los mismos rostros que esta semana ocuparon los titulares.

Hay un momento que se me quedó grabado: uno de los entrevistados cuenta que la IA empezó a generarse a sí misma y que en algún punto perdieron la noción de su estado de avance. No lo dice como amenaza de película. Lo dice con la calma de quien describe su trabajo.

El documental se mueve entre dos extremos. Los pesimistas advierten que una inteligencia superior podría terminar con la civilización. Los optimistas creen que sin ella no vamos a resolver el cambio climático, las enfermedades ni la escasez. En un momento, Roher le pregunta a Aza Raskin, cofundador del Center for Humane Technology, quién está más cerca de la verdad. La respuesta es desconcertante: ambos tienen razón y ninguno va lo suficientemente lejos.

De ahí sale la palabra que da título al documental: apocaloptimista. Alguien que mira el futuro con los ojos abiertos, reconociendo las tormentas sin renunciar a la esperanza.

Es una postura honesta. Pero me dejó una inquietud.

La pregunta que queda en medio

Mientras el debate público oscila entre la extinción y la utopía, hay una pregunta mucho más cercana que casi siempre queda fuera del encuadre. No es qué le pasará a la humanidad. Es qué le pasará a la persona que lleva veinte años haciendo algo que, en poco tiempo, puede dejar de ser necesario.

La contadora que construyó su carrera cuadrando balances. El diseñador que aprendió su oficio a mano. El analista que se volvió experto en un sistema que pronto hará el trabajo por sí solo. El ejecutivo de atención que conoce a sus clientes por el nombre.

Durante generaciones, nos construimos alrededor de lo que hacemos. Cuando conocemos a alguien, la primera pregunta es “¿a qué te dedicas?”, y la respuesta funciona como una presentación completa: un cargo, un título, una profesión. Somos el ingeniero, la abogada, el profesor, la gerenta. Esa respuesta organiza nuestra rutina, nuestras relaciones y buena parte de cómo nos valoramos.

Por eso la pregunta no es solo económica. Si lo que hiciste toda la vida deja de ser necesario, no pierdes únicamente un ingreso. Pierdes la forma en que te presentabas ante el mundo.

No tengo una respuesta cerrada para esto, y desconfío de quien la tenga. Pero sí creo que hay un ejercicio que vale la pena hacer antes de que la pregunta llegue sola.

Mirar lo que hemos hecho no como un cargo, sino como un conjunto de capacidades. Detrás de cada oficio hay algo que no aparece en la descripción del puesto: el criterio para saber cuándo algo está mal aunque los números digan que está bien, la paciencia para explicarle lo mismo a alguien por tercera vez, la red de personas que confían en ti, la forma particular en que resuelves problemas que no estaban en ningún manual.

Esas capacidades no desaparecen cuando desaparece el puesto. Pero rara vez las nombramos, porque estábamos demasiado ocupados siendo “el contador” o “la diseñadora”.

Hace un tiempo escribí sobre la idea de leer la propia trayectoria hacia atrás: los puntos que en su momento parecían desconectados terminan formando un dibujo con sentido. Creo que este momento nos obliga a hacer ese ejercicio con urgencia. No para encontrar el próximo cargo, sino para reconocer qué de nosotros sigue siendo valioso cuando el cargo ya no está.

Una pregunta para quedarse

Los constructores de la IA nos están diciendo que avanza más rápido de lo que pueden seguir. Algunos piden frenar. Otros creen que el cambio será extraordinario. El documental no resuelve quién tiene razón, y probablemente nadie pueda hacerlo hoy.

Lo que sí depende de nosotros es otra cosa.

Si mañana alguien te pregunta a qué te dedicas y ya no puedes responder con tu cargo, ¿qué vas a decir?

Tu cargo no es tu identidad. La IA te va a obligar a descubrirlo.


Fuentes:

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