No es solo desempleo: está cambiando la forma de trabajar

Hay una cifra chilena que resume bien el momento: 24,6% de desempleo entre los jóvenes de 15 a 24 años en el trimestre marzo-mayo de 2026, el nivel más alto desde noviembre de 2020, según el INE. Otra: entre las personas de 18 a 34 años se destruyeron más de 85.000 empleos en doce meses, aproximadamente 81.000 de ellos formales, según el Barómetro Laboral y Previsional de abril.

Y una tercera, quizás la más reveladora: los trabajadores en tiempo parcial involuntario —personas que trabajan 30 horas o menos pero querrían trabajar más— crecieron 45,4% desde 2022. Trabajan en promedio 17,4 horas semanales y estarían disponibles para trabajar 20,6 horas adicionales.

Los datos que sustentan este diagnóstico provienen de fuentes distintas: estadísticas oficiales del INE; el Barómetro Laboral y Previsional elaborado por CIES-UDD y la Asociación de AFP; y análisis del centro Horizontal, Libertad y Desarrollo y el Instituto de Políticas Públicas de la UNAB. Son instituciones con enfoques distintos y que muchas veces trabajan sobre las mismas estadísticas oficiales, pero varias de ellas coinciden en identificar señales de deterioro en la cantidad y calidad del empleo.

Cuando instituciones con miradas diferentes describen un patrón parecido, conviene prestar atención. Desenredemos esto aquí.

Lo que los números sugieren

La pregunta es si Chile está viviendo solamente un ciclo económico adverso o si, al mismo tiempo, estamos entrando en una transformación más estructural de la forma en que se crea, distribuye y organiza el trabajo.

El centro de estudios Horizontal detectó que en el trimestre mayo-julio de 2026 el país registró, por primera vez en quince años excluyendo la pandemia, una disminución anual de la ocupación. En doce meses se perdieron 16.292 puestos netos. Pero esa cifra esconde un movimiento mayor: los ocupados formales disminuyeron en 54.100 personas mientras aumentaba el empleo informal.

El ministro del Trabajo, Tomás Rau, lo describió con claridad en mayo: “No solo es preocupante el menor empleo, sino su calidad. De los 68 mil empleos que se crearon, se destruyeron 40 mil empleos formales y se crearon 108 mil empleos informales”.

La tasa de ocupación informal llegó al 26,5%. Es decir, más de uno de cada cuatro ocupados trabaja bajo condiciones que no le aseguran plenamente la cobertura de seguridad social asociada a un empleo formal.

No se trata solo de cuánta gente trabaja. Se trata también de qué tipo de trabajo existe.

Tres transformaciones ocurriendo a la vez

Sería cómodo atribuir todo esto a la inteligencia artificial. Pero sería incorrecto.

Lo que está ocurriendo a mi entender, parece ser la superposición de al menos tres transformaciones simultáneas, y ninguna de ellas explica por sí sola el fenómeno completo.

La primera es tecnológica. La automatización y la IA están redefiniendo tareas, capacidades y ocupaciones. Eso está documentado, pero todavía no existe evidencia suficiente para atribuirles el deterioro reciente del mercado laboral chileno. De hecho, los estudios sobre contratación juvenil apuntan también al bajo crecimiento, la falta de experiencia y el desajuste entre formación y demanda empresarial. La tecnología es una fuerza adicional dentro de un fenómeno más amplio.

La segunda transformación parece ser cultural y generacional. La pandemia alteró rutinas, normalizó modalidades de trabajo remoto y abrió una conversación sobre presencialidad, autonomía y uso del tiempo. Es más difícil medir cuánto de ese cambio permanece, pero existen señales de que las expectativas respecto del trabajo ya no son exactamente las mismas.

La tercera es estructural. El empleo asalariado formal, de jornada completa y asociado a sistemas de previsión se convirtió durante el siglo XX en el modelo sobre el cual se diseñaron buena parte de nuestras instituciones laborales y de protección social. Hoy convive con plataformas, trabajo por proyecto, jornadas parciales y múltiples fuentes de ingreso. No es solo precarización, aunque hay mucha de eso. También es una reconfiguración de qué significa “tener trabajo”.

Estas fuerzas no actúan por separado. Se cruzan, se refuerzan y vuelven insuficiente cualquier política que intente abordar solo una de ellas.

El dato que obliga a pensar distinto

Hay un hallazgo del Barómetro que merece especial atención. Históricamente, el tiempo parcial involuntario era un fenómeno mayoritariamente informal. Pero desde mediados de 2024 los trabajadores formales aumentaron su participación en ese grupo: pasaron del 24,9% al 34%. Hoy más de 200 mil personas con empleo formal están trabajando menos horas de las que quisieran.

Y otro dato: el tiempo parcial involuntario afecta con mayor fuerza a quienes tienen menores niveles educacionales, pero los titulados universitarios tampoco están exentos. El 5,5% de las personas con educación universitaria o de postgrado se encuentra en esa condición.

Eso significa que la subutilización laboral ya no se concentra únicamente en quienes tienen menos educación. Está alcanzando también a personas que hicieron exactamente lo que durante décadas el sistema les pidió hacer.

Por qué la conversación importa más que el diagnóstico

Podríamos seguir acumulando cifras. No serviría de mucho.

Lo que Chile —y probablemente buena parte de América Latina— necesita no es solo un diagnóstico más preciso. Necesita una conversación social a la altura de la transformación que estamos viviendo.

Una conversación que incluya a quienes están fuera del mercado laboral formal, a los jóvenes que intentan entrar, a trabajadores de más de 50 años que enfrentan mayores dificultades de reinserción, a las empresas que necesitan adaptarse y a quienes diseñan políticas públicas con instrumentos creados para un mercado laboral que está cambiando.

Esa conversación no puede ser solo entre expertos, gobiernos y gremios empresariales. Tiene que ser una conversación social en el sentido literal: un intercambio amplio sobre qué tipo de sociedad queremos construir cuando el trabajo —que durante generaciones organizó buena parte de la vida, la identidad y la protección social— empieza a funcionar de otra manera.

Lo que podría destrabar el debate

Reconocer la complejidad sin usarla como excusa es un primer paso. Decir que se trata de un fenómeno multicausal no puede convertirse en una manera elegante de no hacer nada. Debe ser el punto de partida para diseñar respuestas que actúen sobre varias causas al mismo tiempo.

También necesitamos leer los datos con conciencia de quién los produce y cómo se construyen. Eso no significa descartar fuentes por su orientación institucional o política, sino contrastarlas, volver a los datos primarios cuando sea posible y distinguir entre evidencia e interpretación.

Y sobre todo, hay que incorporar a quienes viven directamente el fenómeno. Los trabajadores en tiempo parcial involuntario, los jóvenes que no encuentran su primer empleo, quienes trabajan informalmente o combinan distintas fuentes de ingreso tienen información que ninguna encuesta puede capturar por completo.

También necesitamos separar la urgencia de la prisa. Hay decisiones que no pueden esperar, como proteger a quienes están quedando fuera hoy. Y otras que requieren tiempo, como rediseñar los sistemas de formación, previsión y protección social para una realidad distinta.

Una observación final

Lo que estamos viviendo combina elementos que sí tienen precedentes históricos con una velocidad y una simultaneidad que hacen difícil encontrar una comparación exacta. Algunas transformaciones, especialmente las asociadas a la IA generativa, están difundiendo nuevas capacidades en pocos años, mientras ocurren al mismo tiempo cambios demográficos, económicos y culturales.

Frente a eso, la peor opción sería seguir discutiendo cada fenómeno por separado: la IA por un lado, la informalidad por otro, el desempleo juvenil en otra mesa y la protección social en una cuarta.

Son partes de un mismo cambio.

Y la conversación que necesitamos no es solo sobre cuál de esos problemas resolver primero. Es sobre qué tipo de sociedad queremos ser cuando el trabajo, tal como lo conocimos, deja de organizar la vida de la misma manera.

Esa conversación todavía no está ocurriendo con la profundidad que merece. Pero está a nuestro alcance empezarla.

Fuentes:

  • INE Chile — Ocupación y desocupación / Encuesta Nacional de Empleo. Aquí puedes respaldar las cifras de desempleo juvenil, ocupación, asalariados formales e informalidad. INE — Ocupación y desocupación
  • INE Chile — Informalidad laboral. Para la tasa de ocupación informal y la definición metodológica de empleo informal. INE — Informalidad laboral
  • Asociación de AFP / CIES-UDD — Barómetro Laboral y Previsional, abril 2026. Respalda los datos de pérdida de empleo entre 18 y 34 años, tiempo parcial involuntario, aumento de 45,4%, promedio de 17,4 horas trabajadas, disponibilidad de 20,6 horas adicionales, participación de trabajadores formales y el 5,5% entre personas con educación universitaria o postgrado. Barómetro Laboral y Previsional
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