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Transición justa: la conversación que Chile necesita tener sobre la IA antes de que sea tarde

Existe un concepto que el mundo del trabajo lleva casi treinta años desarrollando y que hoy, frente a la inteligencia artificial, cobra una vigencia importante. Se llama transición justa. Nació a mediados de los años noventa en el movimiento sindical, se consolidó en las políticas climáticas para acompañar a los trabajadores del carbón y del petróleo cuyos empleos desaparecían con la descarbonización, y hoy tiene algo importante que enseñarnos sobre cómo enfrentar la transformación que la IA está produciendo en el empleo.

La idea central es simple y poderosa: cuando una transformación tecnológica o económica es inevitable, la pregunta relevante no es si ocurrirá, sino cómo se gestiona para que sus costos no recaigan sobre los más vulnerables. Una transición justa es una transición gestionada, anticipada y acompañada. Lo opuesto es dejar que el mercado distribuya las pérdidas por su cuenta — que es exactamente lo que está ocurriendo hoy con la IA.

Lo que la experiencia de la descarbonización nos enseña

España ofrece un ejemplo concreto y reciente. Cuando el país decidió cerrar sus centrales térmicas de carbón, no dejó a los trabajadores a su suerte. Creó un Instituto para la Transición Justa, una institución pública dedicada específicamente a acompañar a las personas y territorios afectados. Puso en marcha programas de recualificación profesional con formación técnica en energías renovables, acompañamiento proactivo para la reinserción laboral, y prioridad para los trabajadores que quedaron fuera por el cierre de las centrales.

No fue perfecto ni resolvió todos los problemas. Pero marcó una diferencia fundamental: el Estado reconoció que quienes perdían su empleo por una decisión de política pública no debían cargar solos con las consecuencias. La transformación se diseñó con acompañamiento, no como un abandono.

Esa lógica es directamente trasladable a lo que está ocurriendo con la inteligencia artificial. Con una diferencia que la hace más urgente: la transición energética afectó a sectores específicos y geográficamente concentrados. La IA afecta transversalmente a casi todas las industrias al mismo tiempo, y a una velocidad mucho mayor.

Sí hay nuevos roles, pero no son una respuesta automática

Es cierto que la IA está creando nuevas ocupaciones. La gobernanza de datos, la auditoría de sistemas algorítmicos, la ingeniería de prompts, la supervisión ética de la IA, la curaduría de información para entrenar modelos — todos son roles que hace cinco años no existían y que hoy empiezan a demandar profesionales.

Pero sería deshonesto presentar esos roles como la solución al desplazamiento laboral. Por tres razones concretas.

Primero, porque no aparecen a la misma velocidad ni en la misma cantidad que los empleos que la IA elimina. La aritmética de la transición no cuadra en el corto plazo.

Segundo, porque requieren competencias que no se adquieren en un curso de fin de semana. Un trabajador administrativo desplazado no se convierte en especialista en gobernanza de datos por asistir a un taller de cuarenta horas. La reconversión real toma tiempo, recursos y acompañamiento sostenido.

Y tercero — el punto más incómodo — porque esos roles nuevos tienden a concentrarse en las mismas personas que ya estaban mejor posicionadas: jóvenes, con formación técnica previa, con acceso a redes profesionales y con tiempo para aprender. La creación de nuevos empleos no distribuye sus oportunidades de forma equitativa. Y sin una intervención deliberada, tiende a ampliar las brechas existentes en lugar de cerrarlas.

El trabajador que no alcanza a reconvertirse

Aquí está el corazón del asunto, y la razón por la que la transición justa importa tanto.

Hay un supuesto implícito en casi todo el discurso sobre reconversión laboral: que cualquiera puede reinventarse si se esfuerza lo suficiente. Ese supuesto es falso, o al menos profundamente incompleto.

Un trabajador de 55 o 58 años, con tres décadas de trayectoria en un oficio que la IA está volviendo prescindible, enfrenta una realidad que el optimismo del reskilling ignora. No es que no pueda aprender — es que el costo de reinventarse a esa edad es incomparablemente más alto que a los treinta. Tiene compromisos financieros acumulados, tiene menos años por delante para amortizar la inversión en una nueva carrera, y enfrenta un mercado laboral que, seamos honestos, discrimina por edad aunque la ley lo prohíba.

Para esa persona, la respuesta no puede ser simplemente «capacítate». Esa respuesta la deja sola frente a un problema estructural, cargándole a ella la responsabilidad de una transformación que no eligió.

Una transición justa reconoce que hay trabajadores para quienes la reconversión no es realista, y que eso no es su culpa ni su fracaso. Para ellos, la sociedad necesita otros instrumentos: esquemas de transición hacia la jubilación anticipada dignos, no punitivos; sistemas de protección de ingresos durante el período de desplazamiento; y un reconocimiento de que el valor de una persona no se agota cuando el mercado deja de demandar sus habilidades específicas.

Qué significaría una transición justa para la IA en Chile

Trasladar este concepto a la realidad chilena implica al menos cuatro compromisos concretos.

Formación permanente como derecho real, no como privilegio. El acceso a la recualificación no puede depender de que la persona tenga tiempo libre, recursos o el nivel educativo previo para aprovecharla. Si es un derecho, tiene que estar garantizado y ser accesible para toda la población trabajadora.

Anticipación en lugar de reacción. Los sistemas de protección social están diseñados para responder al despido consumado. Una transición justa exige anticiparse: identificar los sectores y trabajadores en riesgo antes de que el desplazamiento ocurra, y acompañarlos en la transición mientras todavía tienen empleo.

Diálogo entre trabajadores, empresas y Estado. La experiencia internacional es clara en esto: las transiciones que funcionan se construyen con las tres partes en la mesa. No se imponen desde arriba ni se dejan al mercado. Se negocian socialmente. Es exactamente el modelo que dio buenos resultados en la industria alemana y en la descarbonización europea.

Reconocimiento de los que no pueden reconvertirse. Una transición justa no le exige a todos que se reinventen. Reconoce que para una parte de los trabajadores desplazados, especialmente los de mayor edad, la respuesta digna es la protección, no la exigencia de transformarse en algo que el mercado premie.

La ventana que todavía está abierta

Chile no tiene hoy una estrategia de transición justa para la IA. No tiene un instituto, no tiene programas específicos, no tiene siquiera una conversación pública seria sobre el tema. Y mientras tanto, la transformación ya está en marcha — el propio Banco Central lleva meses registrando la contracción en la demanda de empleo.

La buena noticia es que otros países ya recorrieron parte de este camino con la transición energética, y dejaron aprendizajes que podemos aprovechar. No tenemos que inventar el concepto desde cero. Tenemos que decidir aplicarlo antes de que el desplazamiento alcance una escala que haga la respuesta mucho más difícil y costosa.

La transición hacia una economía con IA es inevitable. Que sea justa, no lo es. Eso depende de decisiones que todavía estamos a tiempo de tomar.

Y esa es, quizás, la conversación más importante que Chile debería estar teniendo sobre el futuro del trabajo.


Fuentes:

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