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Bienvenidos a la era de la eficiencia. No te invitaron, pero ya estás dentro.

En 2023, Mark Zuckerberg declaró que ese sería “el año de la eficiencia” en Meta. Parecía otro lema corporativo. Tres años después, cuesta verlo así.

Desde 2022, Meta ha eliminado alrededor de 25.000 puestos. Los primeros recortes llegaron después de la sobrecontratación de la pandemia y una desaceleración del negocio. Lo interesante vino después: los despidos continuaron incluso cuando la compañía volvió a crecer y alcanzó ingresos récord.

Durante décadas asociamos los grandes despidos con empresas en problemas. Hoy algunas de las compañías más rentables del mundo reducen sus plantillas precisamente cuando sus negocios funcionan bien.

Ahí hay un cambio de época.

Productividad y eficiencia no son lo mismo

Durante buena parte del siglo XX, aumentar la productividad significaba darle a una persona mejores máquinas, más conocimiento y mejores procesos para producir más.

La tecnología ampliaba capacidades humanas.

Pero existe otra posibilidad: producir más reduciendo la cantidad de personas necesarias para hacerlo.

Economistas como Daron Acemoglu y Simon Johnson llevan años advirtiendo sobre esta diferencia. No toda innovación tecnológica genera prosperidad compartida. Algunas tecnologías complementan el trabajo humano; otras lo sustituyen.

La inteligencia artificial está acelerando esta segunda trayectoria.

Recortar personas para financiar máquinas

Tech Brew resumió recientemente la lógica con una frase incómoda:

“Recortar trabajo humano para financiar computación y apostar a que la computación se pague sola.”

La idea empieza a repetirse.

Oracle redujo su plantilla global en alrededor de 21.000 personas durante su año fiscal 2026, mientras aumentaba fuertemente su inversión en infraestructura de IA. Amazon anunció 14.000 recortes corporativos en 2025 dentro de una reorganización orientada a reducir niveles, ganar agilidad y concentrar recursos en áreas estratégicas, incluida la inteligencia artificial. Workday eliminó cerca del 8,5% de su plantilla y explicó que reasignaría recursos hacia IA y desarrollo tecnológico.

Sería incorrecto atribuir todos esos despidos exclusivamente a la inteligencia artificial. Pero también sería ingenuo ignorar el patrón.

Las empresas están destinando cantidades extraordinarias de dinero a centros de datos, chips y modelos de IA. Y al mismo tiempo necesitan demostrar que esas inversiones producirán retornos. En esa ecuación, el trabajo humano aparece cada vez más como una variable ajustable.

No porque necesariamente la empresa esté mal. Sino porque puede funcionar con menos personas.

Lo que puede perderse

El problema no es solamente cuántos empleos desaparecen. También importa qué desaparece con ellos.

Los puestos junior, por ejemplo, han sido históricamente la puerta de entrada a carreras profesionales completas. Si automatizamos primero las tareas básicas, aparece una pregunta que todavía no estamos resolviendo: ¿cómo consigue experiencia alguien a quien nunca se le da la oportunidad de empezar? Esto no se mide como desempleo, sin embargo, la no contratación, a mi entender es un desempleo silencioso.

También cambia la cultura de las organizaciones. Meta desarrolló recientemente una herramienta capaz de registrar clics, movimientos del mouse y pulsaciones de teclado de trabajadores para recopilar información destinada al entrenamiento de modelos de IA. No fue presentada como una herramienta para medir productividad individual. Pero la imagen es difícil de ignorar: actividad humana convertida en datos para enseñar a una máquina a realizar parte de ese mismo trabajo.

Y existe además una contradicción cada vez más visible entre propósito y decisiones empresariales.

Muchas compañías hablan de personas, comunidad e impacto mientras anuncian reducciones masivas de personal. Las nuevas generaciones parecen estar prestando atención. Según Deloitte, alrededor del 40% de Gen Z y millennials ha rechazado potenciales empleadores por diferencias relacionadas con ética, valores o creencias.

El relato corporativo importa. Pero las decisiones reales importan más.

La paradoja de la eficiencia

Aquí aparece un problema mayor.

  1. Las empresas necesitan consumidores.
  2. Los consumidores necesitan ingresos. Y para la enorme mayoría de las personas, esos ingresos todavía provienen del trabajo.

Si la tecnología permite producir cada vez más con menos trabajadores, tendremos que decidir cómo se distribuye el valor generado por esa nueva productividad. Bill Gates planteó recientemente una posibilidad: impuestos sobre robots y tokens de inteligencia artificial para financiar protección social y reconversión laboral.

Más allá de si esa solución es la correcta, el solo hecho de que la discusión exista revela el problema. Una economía extraordinariamente eficiente puede terminar generando una contradicción básica si produce cada vez más, pero deja a demasiadas personas fuera de la posibilidad de consumir.

El problema no es la eficiencia

  • La eficiencia no es mala.
  • Puede reducir costos, eliminar burocracia, mejorar servicios y liberar tiempo.
  • La inteligencia artificial puede hacer todo eso.
  • El problema aparece cuando la eficiencia se convierte en el único criterio.

Porque hay cosas que una hoja de cálculo no mide bien: la estabilidad de una familia, la experiencia acumulada de un trabajador, la oportunidad del primer empleo, la confianza dentro de un equipo o el futuro de una comunidad.

Una empresa puede considerar perfectamente racional eliminar un puesto porque una máquina ya puede realizar gran parte de sus tareas. Pero millones de decisiones racionales desde el punto de vista empresarial pueden producir un problema social enorme.

Y ahí aparece la transición justa.

Gobernar lo que viene

La transición justa no busca detener la inteligencia artificial, busca administrar sus consecuencias.

  • Capacitar antes de que desaparezcan los puestos, no después
  • Explorar jornadas más cortas cuando la tecnología permite producir lo mismo en menos tiempo.
  • Proteger a quienes no podrán reconvertirse fácilmente.
  • Compartir parte de las ganancias de productividad.
  • Y dar a los trabajadores alguna participación en la manera en que estas tecnologías se implementan.

La pregunta, entonces, no es si queremos empresas más eficientes. Claro que las queremos.

La pregunta es qué hacemos con el valor que esa eficiencia genera y quién paga el costo cuando conseguirla significa que una persona deja de ser necesaria. En 2023 Zuckerberg llamó a esto el “año de la eficiencia”. Quizás terminó poniéndole nombre a algo bastante más grande.

La era de la eficiencia ya comenzó.

Lo que todavía podemos decidir es cómo queremos vivir dentro de ella.


Fuentes

  • Fortune — Mark Zuckerberg has cut 25,000 jobs at Meta since 2022.
  • CNBC — cobertura sobre despidos, cultura interna y recopilación de datos laborales en Meta.
  • Tech Brew — The never-ending year of efficiency: Cut labor to fund compute.
  • Reuters — Oracle y Workday.
  • Amazon — comunicación corporativa sobre reducción de cargos.
  • Deloitte — Global Gen Z and Millennial Survey 2025.
  • Bill Gates — An Epochal Shift.
  • Acemoglu, D. & Johnson, S. — Power and Progress.
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