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La sociedad que dejó de hacerse preguntas

Reflexiones a partir de la lectura de Yo, humano, de Tomas Chamorro-Premuzic.

Estoy leyendo Yo, humano, de Tomas Chamorro-Premuzic, y hay una reflexión que me resulta especialmente inquietante. Llevamos años preocupados por cuánto pueden avanzar las máquinas, pero hemos dedicado mucho menos tiempo a preguntarnos qué está ocurriendo con nuestras propias capacidades mientras la tecnología avanza.

No es una preocupación nueva. Las redes sociales, los teléfonos inteligentes y los algoritmos de recomendación llevan años modificando nuestra relación con el mundo. Hoy sabemos que las plataformas pueden anticipar con bastante precisión muchos de nuestros intereses y comportamientos. Qué música escucharemos, qué noticia podría interesarnos, qué producto tenemos mayor probabilidad de comprar o cuánto tiempo permaneceremos mirando una pantalla. Nuestra vida digital se ha convertido en una enorme fuente de información que permite identificar patrones y predecir decisiones.

Pero hay algo todavía más profundo. Durante años nos hemos acostumbrado a recibir respuestas antes de formular preguntas, recomendaciones antes de descubrir intereses y estímulos antes de experimentar aburrimiento. Hemos construido un entorno donde prácticamente todo compite por nuestra atención y donde cada momento de silencio parece necesitar una notificación.

Primero digitalizamos nuestras actividades. Después convertimos nuestros comportamientos en datos. Ahora estamos comenzando a delegar también nuestros pensamientos.

El problema no es que los algoritmos puedan conocernos. Es que nosotros podríamos estar perdiendo parte de la curiosidad necesaria para conocernos a nosotros mismos. La capacidad de sorprendernos, de cuestionar nuestras convicciones, de sostener una reflexión incómoda o simplemente de permanecer frente a una pregunta cuya respuesta desconocemos.

La investigación comienza a entregar señales que merecen nuestra atención. En 2025, Microsoft Research y Carnegie Mellon estudiaron 936 experiencias de uso de inteligencia artificial entre 319 trabajadores. Encontraron que una mayor confianza en las respuestas de la IA se asociaba con un menor esfuerzo de pensamiento crítico declarado. No significa que estas herramientas nos estén volviendo menos inteligentes, pero sí que nuestra disposición a examinar y cuestionar una respuesta puede cambiar cuando confiamos demasiado en quien la entrega.

Algo parecido ocurre en la educación. Los resultados de PISA 2025 muestran que el 46% de los estudiantes de países de la OCDE ya utiliza herramientas de IA al menos una vez por semana para aprender. Estamos formando generaciones que tendrán acceso a respuestas extraordinariamente sofisticadas, pero todavía no sabemos suficientemente bien qué ocurrirá con su capacidad de construirlas por sí mismas.

Y aquí aparece una contradicción que me parece fundamental. Mientras la inteligencia artificial amplía sus capacidades, nosotros corremos el riesgo de debilitar algunas de las habilidades que serán más importantes para convivir con ella. El pensamiento crítico, la creatividad, la curiosidad, el criterio y la capacidad de cuestionar lo establecido no surgen simplemente de disponer de información. Requieren esfuerzo, tiempo, experiencias y, muchas veces, equivocaciones.

Un modelo de lenguaje puede producir en segundos una respuesta que antes nos habría exigido horas de investigación. Puede ordenar nuestros argumentos, mejorar nuestra escritura y ayudarnos a tomar decisiones. Yo mismo utilizo estas herramientas. Pero existe una diferencia enorme entre utilizar la tecnología para ampliar nuestro pensamiento y utilizarla para reemplazar el esfuerzo de pensar.

En publicaciones anteriores he reflexionado sobre el futuro del trabajo, los empleos expuestos a la automatización y la responsabilidad de las organizaciones frente a esta transformación. Hoy creo que existe una dimensión todavía menos discutida: ¿qué sucederá con nuestra capacidad de adaptarnos al nuevo mundo laboral si dejamos de ejercitar las habilidades cognitivas que nos permitirán hacerlo?

La Organización Internacional del Trabajo estima que uno de cada cuatro empleos del mundo tiene algún grado de exposición a la IA generativa. Por ahora, la transformación de las tareas parece más probable que la sustitución completa de la mayoría de los puestos. Pero las capacidades de estos sistemas siguen avanzando y sería ingenuo asumir que existen profesiones definitivamente protegidas. Personajes como Jeff Bezos en su última entrevista habla de semanas laborales de 3 días y de ingresos únicos por familia, el relato de la RBU se comienza a reproducir por mas y mas personas y canales.

Mi inquietud va incluso más allá. Sospecho que, con suficiente desarrollo tecnológico, una proporción creciente de las actividades que hoy consideramos exclusivamente humanas podría llegar a automatizarse. No sabemos hasta dónde llegará ese proceso ni en qué plazos. Lo preocupante es que estamos preparando nuestras organizaciones para incorporar inteligencia artificial mucho más rápido de lo que estamos preparando a las personas para vivir en una sociedad profundamente transformada por ella.

Y quizás esa preparación no consista únicamente en aprender nuevas herramientas o adquirir competencias tecnológicas. Tal vez debamos comenzar por algo mucho más elemental: recuperar nuestra capacidad de pensar de manera independiente, de descubrir lo inesperado, de hacernos preguntas difíciles y de construir criterios propios.

La inteligencia artificial no necesita que renunciemos a estas capacidades para funcionar. Pero una sociedad que deja de ejercitarlas puede terminar dependiendo cada vez más de ella.

La paradoja es enorme. Nunca habíamos tenido tanto conocimiento disponible y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil evitar el esfuerzo necesario para comprenderlo.

Por eso, mientras seguimos discutiendo qué trabajos podrán realizar las máquinas, creo que deberíamos comenzar a formularnos otra pregunta: ¿qué ocurrirá cuando hayamos automatizado tantas actividades que también hayamos perdido la costumbre de pensar por nosotros mismos?

La inteligencia artificial puede ayudarnos a encontrar mejores respuestas. El riesgo comienza cuando dejamos que también decida cuáles son las preguntas que vale la pena hacerse.

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