Más allá del ingreso: lo que la renta básica no puede darnos y la demografía nos obliga a pensar
Hay una pregunta que los debates sobre el futuro del trabajo evitan sistemáticamente. No la pregunta sobre cuántos empleos desaparecerán, ni la de qué habilidades serán más valoradas. La pregunta más incómoda es esta: ¿qué hacemos con el tiempo que el trabajo ya no ocupa, cuando toda nuestra identidad social fue construida en torno a él?
La renta básica universal responde una parte de esa pregunta. Pero solo una parte.
Lo que los experimentos nos enseñaron
En Finlandia, entre 2017 y 2018, el gobierno entregó 560 euros mensuales a 2.000 personas desempleadas sin condiciones. Los resultados fueron claros: quienes recibieron la renta básica experimentaron menos depresión, tristeza y soledad. Tenían mayor confianza en otras personas y en las instituciones. Se sentían más capaces de influir en su propio futuro.
Lo que no ocurrió es igualmente revelador: no hubo efectos sustanciales sobre el empleo. La gente no dejó de buscar trabajo. Pero tampoco encontró más trabajo del que hubiera encontrado sin la renta.
El experimento de Kenia, conducido durante años por GiveDirectly, mostró resultados similares en contexto de pobreza extrema: mejoras significativas en bienestar, salud y consumo, con impactos positivos incluso en las economías locales. En Irán, la implementación nacional de una transferencia universal mostró efectos relativamente duraderos sobre el bienestar.
La conclusión que emerge de todos estos experimentos es consistente: la renta básica no tuvo efectos sustanciales sobre la oferta de trabajo, pero sí sobre el bienestar. Las personas que la recibieron vivían mejor. No necesariamente trabajaban más ni diferente.
Eso es una buena noticia y una advertencia al mismo tiempo.
La buena noticia y su límite
La buena noticia es que garantizar un ingreso básico mejora la vida de las personas de formas mensurables. Reduce el estrés, mejora la salud mental, aumenta la confianza social. En un contexto donde la automatización está generando desplazamiento laboral a una velocidad que los sistemas de protección social no pueden absorber, eso importa.
La advertencia es que el ingreso resuelve la subsistencia pero no resuelve el sentido.
Como señalé en artículos anteriores de esta serie, el trabajo ha sido durante milenios el eje ordenador de la vida humana. No solo como fuente de ingresos — como estructura de tiempo, como red de relaciones, como respuesta a la pregunta «¿quién soy yo en esta comunidad?». Una transferencia mensual no devuelve eso. Y ninguna política pública ha encontrado todavía cómo compensar esa pérdida.
Para que la renta básica funcione como herramienta de transición — y no solo como mecanismo de contención — necesita ir acompañada de algo más difícil: espacios donde las personas puedan resignificar su existencia más allá del trabajo asalariado. Comunidad, creación, cuidado, aprendizaje, participación cívica. Todo aquello que el trabajo organizaba y que ahora necesita ser organizado de otra manera.
El problema que viene encima: la demografía
Pero hay una capa adicional que hace todo esto más urgente y más complejo: la demografía.
Chile tiene una tasa de fecundidad de 1,03 hijos por mujer — muy por debajo de los 2,1 necesarios para el reemplazo generacional. Según Faro UDD, esto pone en riesgo la sostenibilidad del sistema de pensiones y compromete la capacidad del país para sostener su base tributaria y productiva en el mediano plazo. Para 2050, el 32% de la población chilena tendrá más de 65 años.
La CEPAL proyecta que el envejecimiento poblacional producirá una caída anual del PIB per cápita de Chile de 0,11% entre 2025 y 2050. No es una caída dramática año a año — es una erosión sostenida que se acumula silenciosamente.
El problema no es solo fiscal. Es estructural. El debate de fondo no es si las personas trabajan más años, sino en qué condiciones lo hacen, advierte Paulina Yazigi, presidenta de la Asociación de AFP de Chile. Una población que envejece rápido, con menos personas en edad laboral y más personas dependientes, bajo un sistema de pensiones diseñado para otra pirámide poblacional, enfrenta una ecuación que no cierra.
Y esa ecuación se complica aún más cuando la IA está eliminando precisamente los roles donde se concentra el empleo senior — contabilidad, análisis rutinario, servicios administrativos — reduciendo las cotizaciones de personas que ya tienen dificultades para mantenerse en el mercado laboral.
La tormenta perfecta que nadie está nombrando
Juntemos los elementos:
Menos nacimientos → menos fuerza laboral futura → menos cotizantes para financiar pensiones. Al mismo tiempo, más personas mayores viviendo más años → más demanda de pensiones, salud y cuidados. Encima, la IA eliminando empleos en los sectores donde se concentran los trabajadores de mayor edad → menos cotizaciones hoy. Y los sistemas de protección social diseñados para una realidad que ya no existe.
América Latina enfrentará una inequidad intergeneracional hacia 2060, con más recursos destinados al financiamiento de pensiones a costa de la inversión en educación o sistemas de cuidados.
Esa es la tormenta perfecta. Y nadie la está nombrando con la claridad que merece.
Lo que necesitamos replantearnos
El paper que inspira esta reflexión — Adapting to Change: Work, Economy, and Society in 2026 — plantea que el mensaje central de este momento histórico es la adaptación. Pero adaptación no significa resignación. Significa diseño deliberado de una nueva forma de organizar la vida colectiva.
Eso implica al menos tres conversaciones que aún no estamos teniendo con la profundidad necesaria:
Primera: ¿Cómo financiamos la protección social de una población que envejece rápidamente cuando la base tributaria laboral se reduce por la automatización? La respuesta probablemente implica gravar la productividad generada por la IA, no solo el trabajo humano.
Segunda: ¿Cómo construimos comunidad y propósito colectivo en una sociedad donde el trabajo asalariado deja de ser el organizador central de la vida? La renta básica puede dar tiempo para esa transición — pero no puede hacerla por nosotros.
Tercera: ¿Cómo resignificamos el envejecimiento en una sociedad que ha definido el valor humano por su productividad económica? Una persona de 70 años con experiencia, sabiduría y tiempo disponible es un recurso enorme para cualquier comunidad — si esa comunidad sabe cómo integrarlo.
Estas no son preguntas técnicas. Son preguntas culturales, filosóficas y políticas. Y mientras sigamos tratándolas como problemas de gestión presupuestaria, vamos a seguir llegando tarde a la transformación que ya está ocurriendo.
Fuentes:
- Kela / Instituto del Seguro Social de Finlandia — Resultados experimento Renta Básica Universal (2019)
- Tres experiencias de renta básica universal: Finlandia, Irán y Kenia. ResearchGate (2022): https://www.researchgate.net/publication/371170600
- CEPAL — Impactos económicos del envejecimiento en América Latina y el Caribe (2025): https://www.cepal.org/es/enfoques/impactos-economicos-envejecimiento-america-latina-caribe-desafios-oportunidades
- Faro UDD / Universidad del Desarrollo — Chile envejece en silencio (2025): https://www.aafp.cl/noticias/chile-envejece-en-silencio-estudio-advierte-efectos-economicos-por-baja-natalidad/
- AAFP — Envejecimiento poblacional y crisis de pensiones en Chile (2026): https://www.aafp.cl/noticias/envejecimiento-poblacional-pensiones-chile/
- TEC de Monterrey — Envejecimiento y sostenibilidad en América Latina: https://egobiernoytp.tec.mx/es/blog/envejecimiento-sostenibilidad-latam
- Zysman, J. & Kenney, M. — «The Next Phase in the Digital Revolution». Communications of the ACM (2018)
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