Si tienes menos de 30, la puerta ya se cerró
En junio de este año, SOFOFA publicó su Radiografía Laboral 2026. El dato que abre el informe es fuerte: entre febrero y abril de 2026, la economía chilena destruyó 39 mil empleos formales y creó 108 mil informales. El empleo total crece, pero cada vez menos gente trabaja con contrato, previsión y estabilidad.
Ese titular ya se ha comentado. El que casi nadie está mirando es otro.
En los últimos doce meses, los trabajadores entre 15 y 29 años perdieron empleo formal privado a una velocidad cinco veces mayor que los adultos. Los jóvenes cayeron 3,9%. Los adultos, 0,7%. Los grupos más golpeados: entre 20 y 34 años. La generación completa que debería estar entrando al mercado laboral está siendo empujada hacia afuera antes de haber entrado.
Y lo notable es cómo está ocurriendo. No hay ola de despidos masivos ni titulares dramáticos. En Chile despedir es caro. No contratar es gratis. Lo que está pasando es más silencioso y más eficiente: las empresas simplemente dejaron de reemplazar. Alguien renuncia, alguien se jubila, alguien se va, y ese puesto no se llena. El ajuste laboral más grande de los últimos años no está ocurriendo por la puerta de salida. Está ocurriendo porque la puerta de entrada dejó de abrirse.
No es solo la regulación
SOFOFA atribuye el fenómeno a los costos regulatorios acumulados: la reducción a 40 horas, la reforma previsional, los reajustes del salario mínimo. Estima que estas medidas habrían encarecido el costo salarial por hora entre 5,2% y 6,7%, y que se habrían dejado de crear entre 93 mil y 120 mil empleos formales. Es una tesis legítima, verificable, y probablemente correcta en su componente.
Pero el patrón completo dice más de lo que la explicación regulatoria puede cargar sola. La destrucción se concentra en MiPymes (-132 mil empleos formales), en sectores vinculados a la demanda interna (comercio, manufactura, transporte), y golpea primero a los jóvenes. El desempleo de larga duración —personas que llevan más de un año buscando trabajo— se mantiene en 15,1%, muy por encima de los niveles prepandemia. La reinserción se está rompiendo. La propia Radiografía deja la puerta abierta a que estos indicadores reflejen «factores de carácter más estructural».
Ese es el punto que quiero nombrar. Además del costo regulatorio, hay una reconfiguración productiva más profunda operando en paralelo: automatización de tareas de entrada, contratación borderless que permite a empresas chilenas contratar en el extranjero sin abrir un puesto local, adelgazamiento de las pirámides corporativas que históricamente absorbían a los jóvenes en la base.
Y aquí hay un elemento específico que golpea a los jóvenes más que a cualquier otro grupo: la IA no reemplazó primero a los cargos senior. Reemplazó primero al peldaño de entrada. Redactar un primer borrador, resumir un documento, hacer una investigación preliminar, codear una función básica, armar una minuta — precisamente las tareas con las que los jóvenes justificaban su presencia en una organización mientras aprendían el resto. El joven que entra hoy no compite solo con otros jóvenes. Compite con una herramienta que hace esas tareas al costo de una suscripción. Y el problema no es que su formación sea obsoleta, sino que el puesto donde iba a aplicarla se contrajo justo antes de que llegara.
Ninguno de estos factores despide. Todos deprimen la contratación.
El problema que no va a tener nombre
Una generación que no logra entrar al empleo formal no es un problema laboral. Es un problema de contrato social diferido.
Sin trayectoria formal, no hay acumulación previsional, ni historial de cotizaciones, ni aprendizaje organizacional, ni redes profesionales construidas dentro de instituciones. El joven que hoy circula entre pegas informales, plataformas y freelance no está viviendo una etapa transitoria antes de «estabilizarse». Está construyendo el piso económico que va a tener a los 45.
Y esto es lo que más me inquieta: nada de esto va a estallar como crisis. No hay evento. No hay foto. No hay cifra dramática que titule un noticiario. El fenómeno no se manifiesta en una explosión sino en una acumulación silenciosa que se va normalizando trimestre a trimestre. Nos vamos a acostumbrar a que los menores de 30 no tengan contrato indefinido antes de darnos cuenta de que decidimos aceptarlo.
Los ajustes laborales que tienen víctimas visibles generan reacción política. Los que operan por sustracción —por lo que deja de ocurrir— no generan nada. Se instalan.
Si tienes menos de 30, la puerta ya se cerró. Y lo más incómodo es que no la cerró nadie en particular. Simplemente dejó de abrirse.
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