Esto no es la Revolución Industrial. Es la desaparición del trabajo.
Cada cierto tiempo aparece un consultor, un ejecutivo o un ministro tranquilizando a la audiencia con la misma frase: «esto ya lo vivimos con la Revolución Industrial, y salió bien». La lógica implícita es que toda transformación tecnológica destruye empleos viejos pero crea otros nuevos, y que la humanidad, después de un período de ajuste, siempre encuentra su lugar. Es una frase reconfortante y también profundamente equivocada.
En su libro La Singularidad, Carlos Fenollosa —profesor de Inteligencia Artificial en la Universitat Politècnica de Catalunya y emprendedor en el campo— desmonta esta analogía con precisión de ingeniero. Su tesis es incómoda: esta vez deberíamos considerar seriamente la posibilidad de que no estemos sólo ante una transformación del trabajo, sino ante una reducción estructural de la necesidad de trabajo humano. Todavía no sabemos si ese escenario se materializará en toda su magnitud. Pero asumir que esta revolución seguirá necesariamente el mismo patrón que las anteriores puede ser un error mucho más peligroso que anticiparlo.
La analogía que se hace mal
La Revolución Industrial tardó aproximadamente ciento cincuenta años en saturar las economías occidentales. En Estados Unidos, las estimaciones históricas muestran que la agricultura pasó de concentrar cerca del 79% de la fuerza laboral en 1820 a alrededor del 53% en 1860. El proceso de industrialización desplazó trabajadores durante décadas, permitiendo que una parte creciente migrara hacia manufactura, comercio y otros sectores emergentes. La productividad avanzó de manera gradual durante décadas, muy lejos de la velocidad con la que hoy pueden difundirse las tecnologías digitales. Fue una transformación profunda, pero absorbible: los trabajadores desplazados del campo pudieron migrar hacia la manufactura porque las brechas de habilidades eran manejables y había un sector adyacente en expansión esperándolos.
La IA opera en una escala temporal distinta. ChatGPT alcanzó, según estimaciones de UBS basadas en datos de Similarweb, unos 100 millones de usuarios activos mensuales apenas dos meses después de su lanzamiento en noviembre de 2022 —una velocidad de adopción sin precedente en la historia tecnológica—. Algunas métricas de capacidad están avanzando todavía más rápido. METR ha observado que el horizonte temporal de las tareas que los modelos frontera pueden completar de forma autónoma se ha duplicado históricamente aproximadamente cada siete meses, aunque los propios investigadores advierten que esa tendencia no debe extrapolarse mecánicamente. A diferencia de tecnologías industriales anteriores, una capacidad de IA ya construida puede distribuirse a millones de empresas mediante software, sin que cada organización deba construir una infraestructura física propia..
Ese es el dato. La interpretación viene ahora, y aquí es donde Fenollosa aporta el matiz decisivo. La analogía correcta no es la máquina de vapor. La máquina de vapor amplificó el músculo humano; siguió requiriendo al trabajador para operarla, mantenerla, ajustarla. La analogía correcta es más bien lo que le pasó a la extracción de hielo natural cuando llegó la refrigeración eléctrica: no fue una transformación del oficio de cortador de hielo, fue su extinción completa. En pocas décadas, una industria entera dejó de existir, y los trabajadores no migraron a «cortar hielo con nuevas herramientas» — dejaron de tener oficio.
Fenollosa llega a proyectar que, en un futuro, sólo entre el 10% y el 15% de los trabajadores de oficina actuales serán necesarios para determinadas tareas rutinarias, técnicas o intelectuales. No dice que se transformarán. Dice que la mayoría dejará de ser necesaria. Y esa palabra —necesaria— es la que marca la diferencia con todas las transiciones tecnológicas anteriores.
¿Y si esta vez no fuera transformación?
En la Revolución Industrial, la máquina reemplazó músculo humano para amplificar el trabajo humano. El obrero seguía siendo indispensable: cambiaba de tarea, no desaparecía del proceso productivo. Cuando el telar mecánico reemplazó al artesano textil, el artesano se convirtió en operario de telar. El cambio fue doloroso, generó luditas, protestas y décadas de conflicto social. Pero el trabajador humano seguía teniendo un rol.
La IA introduce algo cualitativamente distinto. Por primera vez, una tecnología de propósito general no sólo automatiza esfuerzo físico o tareas mecánicas: también puede ejecutar actividades cognitivas que hasta ahora justificaban la presencia de un trabajador humano. Eso abre una posibilidad que las transiciones anteriores no enfrentaron de la misma manera: que algunas tareas no se transformen en nuevos empleos humanos, sino que simplemente dejen de requerirlos.
No es solamente que el analista financiero utilice una herramienta más sofisticada: parte del análisis financiero rutinario puede ejecutarse sin un analista. No es solamente que el redactor escriba con asistencia: una parte de la producción masiva de contenido ya puede realizarse sin redactor. No es solamente que el programador junior codifique más rápido: algunas tareas que históricamente constituían su puerta de entrada profesional hoy pueden ser ejecutadas directamente por modelos.
Dario Amodei, CEO de Anthropic —una de las empresas que fabrican los modelos de IA más avanzados del mundo—, declaró a la revista Axios que la inteligencia artificial podría eliminar hasta la mitad de los empleos de entrada de cuello blanco y elevar el desempleo entre 10% y 20% en un horizonte de uno a cinco años. Es una proyección extrema y está lejos de representar un consenso entre los economistas. Pero resulta especialmente relevante porque proviene del CEO de una de las compañías que desarrolla los modelos frontera que podrían provocar precisamente ese desplazamiento.
Fenollosa lo enuncia con más generalidad: “Hemos inventado máquinas que piensan. Eso lo cambia todo”. Y aquí está el punto que la conversación pública sigue evitando. No sabemos todavía si estamos simplemente ante una nueva transformación de las categorías laborales o ante algo históricamente distinto: la eliminación estructural de algunas de ellas dentro de una sola generación de trabajadores activos.
La diferencia no es menor. El problema es que hoy tampoco sabemos cuál será el sector adyacente capaz de absorber, a una escala comparable, a los trabajadores del conocimiento eventualmente desplazados. Cuando el granjero fue desplazado por el tractor, crecían las fábricas. Cuando el empleo agrícola disminuyó, manufactura, comercio y servicios absorbieron millones de trabajadores. Si durante la próxima década disminuye significativamente la necesidad de analistas, redactores, programadores junior, diseñadores o asistentes administrativos, la pregunta sigue abierta: ¿hacia dónde migrarán?
No afirmar que conocemos la respuesta es precisamente lo que vuelve urgente hacer la pregunta.
Si el trabajo desaparece, el modelo económico tiene que cambiar
Durante doscientos años, el modelo económico occidental se ha construido sobre un supuesto implícito: las personas obtienen ingreso vendiendo su trabajo, y con ese ingreso consumen bienes y servicios producidos por otras personas que también venden su trabajo. Es un circuito. Lo llamamos capitalismo, socialismo, economía mixta, según cómo se distribuye la propiedad — pero el circuito ingreso-trabajo-consumo es común a todas las variantes modernas.
Si el trabajo humano deja de ser necesario para producir la mayoría de bienes y servicios, ese circuito se rompe. Y ninguna versión conocida del modelo económico actual puede sostenerse cuando el circuito se rompe.
Fenollosa lo formula como una pregunta directa: «¿Quién paga la singularidad?» Y anticipa lo que él considera inevitable: prepararnos para el debate sobre la Renta Básica Incondicional. Su argumento no es utópico ni ideológico. Es una consecuencia lógica: si el modelo económico actual requiere ingreso salarial para que las personas consuman, y una parte creciente de la población podría dejar de tener acceso suficiente al ingreso salarial, el modelo requiere una modificación estructural. La RBI aparece como una candidata evidente, pero no es la única. Podría ser propiedad colectiva de las infraestructuras de IA, redistribución de productividad vía impuestos al capital, esquemas cooperativos, o combinaciones de estas.
Mi opinión, y aquí la marco explícitamente como opinión, es que los modelos de renta básica ensayados en algunos países europeos no es directamente aplicable a Chile ni a Latinoamérica. Los países de la región tienen niveles de desigualdad estructural, informalidad laboral y capacidad fiscal muy distintos a los de Finlandia o Alemania. Aplicar una RBI universal en un país donde el 27% de los trabajadores ya vive en la informalidad implicaría diseños completamente diferentes a los que se discuten en Europa. Pero eso no significa que la conversación no tenga que ocurrir. Significa que tiene que ocurrir con matices locales — y hasta hoy en Chile ni siquiera está sobre la mesa.
Lo que Fenollosa nombra desde España es lo que en América Latina apenas empezamos a intuir: no estamos frente a una crisis laboral pasajera, estamos frente al fin de un modelo económico que asumíamos permanente. Puede ser el fin del capitalismo tal como lo conocimos, o puede ser su reconfiguración hacia algo aún más concentrado. Puede ser la apertura hacia un modelo más justo y equitativo, o puede ser el afianzamiento de una desigualdad estructural sin precedentes históricos. La dirección no está decidida.
Lo que sí está decidido es que alguien va a decidir. Y si esa decisión se toma únicamente en Silicon Valley y en Bruselas —donde se concentra la infraestructura tecnológica y el poder regulatorio global—, la definición del próximo modelo económico va a responder a prioridades que no incluyen ni a Valdivia ni a Concepción ni a Antofagasta.
Fenollosa lo dijo con más claridad de la que hemos querido escuchar: hemos inventado máquinas que piensan, y eso lo cambia todo. También la conversación económica que hemos venido sosteniendo durante doscientos años.
Quizás todavía no sepamos si el trabajo va a desaparecer. Lo que ya no podemos hacer es construir nuestras políticas públicas sobre la certeza de que eso no ocurrirá. Porque, si esta vez la historia no se repite, la pregunta no será solamente qué empleos vamos a crear. Será quién va a escribir el modelo económico que venga después, y con qué prioridades.
Fuentes:
- Carlos Fenollosa, La Singularidad, Editorial ARPA, 2024 — tesis central sobre la naturaleza del cambio, proyecciones sobre necesidad de trabajadores de oficina, planteamiento sobre la Renta Básica Incondicional
- NBER / Stanley Lebergott — análisis histórico comparativo de innovaciones tecnológicas y sus efectos sobre el mercado laboral estadounidense (Revolución Industrial, Segunda Revolución Industrial, Revolución Computacional)
- Dario Amodei, CEO de Anthropic — declaraciones a la revista Axios (2025) sobre proyecciones de desempleo por IA en empleos de entrada de cuello blanco
- Center for Applied Artificial Intelligence, Chicago Booth (2026) — análisis sobre la friccción histórica en transiciones tecnológicas y la ausencia de sectores adyacentes para absorber trabajadores desplazados
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