Cada vez que Altman dice que la IA ya nos superó, sube el valor de su empresa
El 25 de julio de 2026, Sam Altman apareció en el podcast Relentless y dijo: «Ahora estamos, como, en la singularidad». Agregó que había esperado ese momento toda su vida y que sería «increíble, enormemente positivo, extraordinario para el mundo».
Los titulares se replicaron por todos lados. Pero antes de discutir si la singularidad llegó o no, hay una pregunta más urgente: ¿por qué el CEO de la empresa que más se beneficia de esa narrativa es quien la anuncia?
Los números detrás de la profecía
OpenAI cerró 2025 con ingresos estimados de US$13.000 millones, según Reuters. Sus compromisos de infraestructura computacional hasta 2030 se estiman en unos US$600.000 millones. Y en octubre de 2025, Altman asoció a OpenAI y sus socios con planes por US$1,4 billones para construir 30 gigavatios de capacidad.
Son escalas diferentes — ingresos de un año versus compromisos plurianuales con socios — pero la distancia entre lo que OpenAI factura hoy y lo que necesita invertir plantea una pregunta legítima: ¿qué nivel de fe en la IA necesita el mercado para que esos números cierren?
Cada vez que Altman anuncia que su tecnología alcanzó un umbral sobrehumano, esa fe se alimenta. Los inversores firman cheques más grandes. Los gobiernos relajan regulaciones por temor a «quedarse atrás». Y los competidores parecen menos amenazantes. La declaración no es un diagnóstico técnico neutral. Es una narrativa que cumple una función comercial clara.
Los que apuestan dinero real no le creen
En Polymarket, tras la declaración de Altman, los traders asignaron solo un 11% de probabilidad a que OpenAI anuncie haber logrado una inteligencia artificial general antes de 2027.
Es cierto que «singularidad» y «AGI» no son lo mismo, y que el mercado mide un anuncio corporativo, no una evaluación científica. Pero la brecha es reveladora: quienes apuestan dinero real consideran poco probable que OpenAI formalice durante 2026 algo que, en teoría, sería menos ambicioso que declarar que ya estamos dentro de la singularidad.
Los titulares no dudaron. Los mercados, sí.
Voces independientes que dicen: no tan rápido
Kai Riemer y Sandra Peter, académicos de la Universidad de Sídney, lo explicaron con precisión: la IA actual no se mejora a sí misma recursivamente. Entre un prompt y otro, sigue siendo un objeto matemático estático. Puede ser extraordinariamente útil, pero eso no es lo mismo que superar a la inteligencia humana.
Demis Hassabis, CEO de Google DeepMind, eligió una palabra distinta: dijo que estamos en las «estribaciones» de la singularidad, no dentro de ella. Cuando alguien que tiene tanto o más incentivo que Altman para exagerar elige ser más cauto, conviene preguntarse por qué.
Y Gary Marcus, uno de los críticos más respetados del sector, fue más directo: comparó las promesas escaladas de Altman con las de Elizabeth Holmes, la fundadora de Theranos. Cuando el modelo de negocio depende de sostener expectativas gigantescas, la línea entre visión y exageración se vuelve muy delgada.
Por qué esto le importa al trabajador común
Las narrativas tecnológicas no son inocuas. Tienen consecuencias reales.
Cuando una empresa acepta sin evidencia suficiente que la IA ya alcanzó capacidades sobrehumanas, puede automatizar procesos antes de comprobar que funcionan. Puede recortar empleos basándose en ahorros que después no se materializan. Puede cancelar inversión en capacitación humana porque «para qué, si la IA lo hará todo».
Los gobiernos enfrentan la misma presión: regulan apurado, invierten sin evaluar, diseñan políticas basadas en pronósticos corporativos. Los estudiantes eligen carreras o abandonan especialidades basándose en predicciones que se presentan con más certeza de la que la evidencia permite.
El precio de esas decisiones lo pagan personas concretas. Y se toman, en parte, porque un CEO con miles de millones en juego dijo algo en un podcast.
La pregunta que deberíamos hacernos
En cualquier otro sector aplicamos un estándar básico. Cuando una farmacéutica anuncia un fármaco revolucionario, pedimos ensayos clínicos. Cuando una energética promete una tecnología transformadora, examinamos costos y resultados.
La inteligencia artificial no debería recibir un estándar de evidencia inferior solo porque sus demostraciones resulten sorprendentes.
La próxima vez que un CEO nos anuncie que la humanidad acaba de cruzar un umbral histórico, valdrá la pena preguntarse dos cosas: cuánto vale su empresa esa mañana. Y cuánto valdrá esa tarde.
Fuentes:
- Podcast Relentless — Entrevista a Sam Altman (25 julio 2026)
- Sam Altman — «The Gentle Singularity» (junio 2025)
- Reuters — Ingresos de OpenAI y estimación de gasto computacional
- Axios — Compromisos de infraestructura por US$1,4 billones
- Polymarket — «OpenAI announces AGI before 2027?»
- Universidad de Sídney — Riemer y Peter: «Experts say we are not yet in the AI singularity»
- Stanford GSB — Hassabis: «We’re in the foothills of the singularity»
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